Lunes 20.05.2019

Umbrales

  • Si escapase con mayor frecuencia hacía los jardines del ensueño, las flores no me sabrían tan dulces y la poesía permanecería en mi bolsillo.
Laguna de Chascomús. Foto: wikipedia/commons
Laguna de Chascomús. Foto: wikipedia/commons

Amanecí en mi pueblo como tantas otras mañanas; el jardín y su cristalino rocío dan lustre al cuadro que se desprende desde mi balcón.  Los mates, el humo, la sensación de estar en casa bajo cualquier hojita del parque. ¿Cuánto hace que no le damos al capricho la satisfacción de ser escuchado? Hablo de la balacera que es la vida, y en esa vorágine constante es imprescindible contar con el atisbo del poeta, sustraernos. Dejar al río solitario junto a su encause que bien sabe hidratar los polos y apagar los incendios (volveré mis pasos sobre el río para rememorarte una vez más) El sol de mi domingo nos señala y nos frunce el ceño, una suerte de reverencia.

La familia, los perros, el griterío de la sobremesa, el viento (siempre el viento) y esa sensación incomoda de que algo ha acabado y ya, tal vez, no regrese. La angustia sin motivo, la desesperanza inútil que como una flecha ensimismada me atraviesa la garganta y me tumba en el césped aun mojado, la soledad, la muerte. Mejor escaparles a ciertos matices, demasiada ha sido ya nuestra comunión.  Elijo algunos libros, Vitale, Storni, Pizarnik (ellas siempre me han acariciado mejor) el cuaderno, una lapicera azul y me escapo hacia la ceguera del pueblo que ya asoma las 5 de la tarde desde su vientre floreado.

En los umbrales de mi paraíso los cipreses me reciben como velas insostenibles y nuestra conversación no pasa desapercibida:

-He venido desde lejos para descansar sobre vuestros pies, mis palabras siempre han olido a madera fresca; sea tal vez que viaja por mis venas la dulce resina- dije.

-Si descansas y duermes te pasearemos sobre nuestras copas asegurándote con nuestras ramas. Jamás hemos visto de cerca los ojos de los hombres- dijeron ellos

-No desgarren mis harapos con vuestra anatomía. Por el resto no se preocupen, detesto el suelo.

Aquí cuelga el amor desde la comisura de cada parpado que veo, pero no me toca. Se mece elegante y sutil la laguna frente a mis ojos. Sobre sus aguas hace danzar a las ya adormecidas lenguas del astro que sobre sí pierde su encanto tras los montes para darle paso a ella, la musa fétida de todos nuestros pesares. La noche será esbelta y pura. Quisiera escribir o al menos intentarlo siendo testigo del poderoso ocaso que sobre mi paraíso se desprende. Pero es inútil, aquí el aire es como de caramelo y mis visiones van más allá de la palabra. Me dejo poseer por la gracia del edén y vuelo entre las nubes y bajo los hormigueros. Se desprende de mí una sonrisa suave como los besos que aún añoro. Ya no leo ni escribo en mi escondite de hojalata.

 Tal vez he dormido y el cosquilleo que sintió mi espalda eran las ramas de los arboles cargándome en las alturas para conocer mi rostro y el de todos, pero ya es la noche un hecho en este lecho de helechos y susurros. Debería volver a las comarcas de lo cotidiano. Dejo escapar un suspiro que vuela como perfume hacia la guarida del singular espejismo y lo tiñe de versos y caricias. Adiós.

Como si de un destello de elocuencia se tratase,

babea su poesía

la bestia que me concierne.

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